6 agosto, 2020 Comentarios (0) Bitacora

BUZONES DE CUMBRE

«Suplico a los señores que recojan los papeles que se depositan en este buzón que no extravíen estas letras, que están mal escritas, pero son de mucho valor, aunque no sea más por el trabajo que nos ha costado. (…) No sé escribir ni  poetizar después de una jornada de seis horas. Saludo y una felicidad eterna a todos lo que esto lean».

Ésta es una de las primeras notas recogidas en el buzón montañero situado en la cumbre del Yelmo, en la Sierra de Guadarrama,  depositada allí  por el que fuera párroco de Colmenar Viejo en una excursión realizada a finales del año 1916. La nota es representativa de esa afición de los seres humanos de dejar constancia, allá donde vamos, de nuestros logros o hazañas, de nuestras aventuras y desventuras. Una vez dijo Reinhold Messner que el hecho de que las personas suban a la montañas no es importante. Solo tiene importancia para aquel que se la otorga, y es evidente que para el protagonista de una ascensión, ésta es siempre es una experiencia, tanto por el esfuerzo que supone, como por la satisfacción personal que aporta.

El reto de hollar una cumbre que -quizás- todavía no hubiese sido ascendida, ya animó a los pioneros a dar fe del logro conseguido. A tal fin, en la mayoría de las ocasiones, simplemente se limitaban a acumular allí un gran montón de piedras, bien visibles desde la lejanía, tal y como hicieran el Marqués de Pidal y «el Cainejo» en 1904, tras ser los primeros en alcanzar la hasta entonces inexpugnable cima del Naranjo de Bulnes.

El primer buzón de cumbres -frustrado- documentado en nuestras montañas se atribuye a Casiano de Prado en sus expediciones científicas por los Picos de Europa. En su relato a la ascensión a la Torre de Salinas en 1853 apunta como en la misma cima dieron cuenta de una botella de vino, con la que repararon fuerzas, tras lo cual su compañero, el paleontólogo francés Edouard de Verneuil, propuso dar constancia de su logro metiendo en su interior sus tarjetas y dejando la botella entre unas piedras en la misma cima -práctica que debía ser muy habitual ya en las montañas centroeuropeas-. Sin embargo, el guía local que les acompañaba les hizo desistir al convencerles de que sería una lástima dejar una botella en aquel sitio, con el buen servicio que a él le podía dar para el ajuar de su casa.

Dosmiles Castilla y LeónQuienes sí lo hicieron fueron seis excursionistas que en 1890 depositaron en cumbre de Peñalara una botella cerrada y lacrada con una nota que dejaba constancia de su ascensión «provistos de cuantas cosas son necesarias en estas expediciones«, siendo éste el primer registro de cima de que tenemos referencia en España. La rápida expansión del montañismo hizo que pronto las botellas dieran paso a pequeñas cajas o buzones. El primero documentado en la Península Ibérica fue colocado en Gredos en 1912, en la cumbre del Ameal de Pablo, por el Sindicato de Turismo, Alpinismo y Veraneo de El Barco de Ávila. Tres años más tarde se en colocaría el segundo buzón, esta vez en el País Vasco, una robusta estructura metálica en la cima del Amboto. En 1916 la Sociedad Peñalara también instaló en la cumbre del Yelmo uno, con la particularidad de que, en este caso, era un auténtico buzón de correos igual que los de las estafetas y que había sido donado por el Director General de Correos, actuación que se repitió tan solo unos meses después en la cima del Peñalara.

Las sociedades excursionistas perseguían con estas iniciativas incentivar la práctica del «excursionismo». En los buzones -cerrados con llave-, los montañeros dejaban una nota acreditando su ascensión y el club promotor las recogía periódicamente para, a continuación, publicar en boletines deportivos los nombres de los alpinistas e incluso haciéndoles llegar un carnet con la calificación de «valor acreditado».

La rápida expansión de la afición al montañismo determinó en pocos años la necesidad de «replantear» el modelo. Los vistosos dorados buzones de correos fueron literalmente arrasados y el aluvión de registros de ascensiones reportaba listados interminables que ya no cabían siquiera en las páginas de las publicaciones. Esta situación dio paso a una segunda etapa en la que los registros instalados por las asociaciones de montaña pasaron a ser cajas o buzones más simples -de plomo o zinc- y de menores dimensiones y que ya no estaban cerrados con llave. Con este criterio en los años siguientes se siguieron instalando buzones alpinos en las cumbres más representativas: Almanzor, Torrecerredo, Naranjo de Bulnes (1926), Peña Ubiña (1.932) Peñasanta (1.933), Torre del Llambrión (1.942), Curavacas (1.953), entre otras muchas.

La «regla montañera» determinaba que las tarjetas depositadas por cada montañero se recogían por el siguiente en alcanzar la cima, el cual a su vuelta a casa la enviaba al club del primero, dejando así constancia de su actividad.

Esta práctica tuvo una gran raigambre sobre todo en las montañas vecinas del País Vasco y Navarra donde siempre han tenido gran tradición los «concursos» de montes en los que los clubes premian a aquellos de sus miembros que más montañas han conseguido subir cada año, lo que justifica que sea en esas montañas donde más buzones aún podemos encontrar.

Pero los buzones no sólo eran un lugar para dejar las tarjetas. En muchos de ellos, además, se depositaba un pequeño cuaderno con un lapicero, en el que los montañeros plasmaban los comentarios y anécdotas tras su ascensión, de modo que cuando se completaban -si algún desaprensivo no se los había llevado- los clubes de montaña pasaban a custodiarlo, reponiendo en el buzón uno nuevo.

Todavía muchas de nuestras cumbres conservan aquellos maravillosos buzones, en los que  siempre encontraremos tarjetas o cuadernos con notas de otros que nos precedieron en la conquista de la ansiada cima y donde nosotros podremos hacer lo propio, siempre con el máximo respeto.  Mientras las piedras de las montañas se limitan a ser testigos mudos de quienes por ellas han transitado, esos pequeños y curiosos buzones tienen voz, pues a través de las arrugadas notas depositadas en ellos nos han transmitido de forma totalmente fidedigna la historia de las ascensiones a cada una de esas cumbres, lo que de otro modo hubiese caído en el olvido.

A día de hoy  parte de su sentido original ha podido perderse al incorporar las nuevas tecnologías herramientas más ágiles para dejar constancia de nuestro paso por las cumbres: gps, internet, redes sociales,…. Sin embargo, todavía muchas de nuestras montañas conservan aquellos maravillosos buzones. La multitud de formas, diseños y materiales hace que su variedad sea infinita, pasando todos ellos formar parte del patrimonio de las cimas en que se ubican y de la poesía que las envuelve. Y es que, tal y como reza la inscripción de un discreto buzón alpino de la Cordillera Cantábrica «Parte de nuestra belleza está en nuestras montañas«.

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