8 mayo, 2020 Comentarios (0) Bitacora

LOS ORÍGENES DEL MONTAÑISMO EN CASTILLA Y LEÓN

Las montañas, esas inmensas moles de piedra que rompen el horizonte y que, con su extraño magnetismo hacen volar nuestra imaginación en busca de nuevos itinerarios y atractivas aventuras, no siempre han estado tan cerca de los hombres. Lo cierto es que, si echamos la vista atrás, podemos ver cómo los hombres vivieron durante muchos siglos realmente alejados de las montañas. En la antigüedad las cumbes más altas eran lugares desconocidos sobre los que se proyectaban sentimientos que combinaban temor y veneración. Precisamente por ello, frecuentemente los pueblos indígenas consideraban que eran morada de los dioses. El Monte Sinaí -de referencias bíblicas-, o los montes del Olimpo en Grecia, son los más representativos, fenómeno que se repite en toda la faz de la tierra: el Monte Kilimanjaro, sigue siendo conocido por las tribus africanas como «El Monte de Dios», el Fuji Yama en Japón era venerado por similares motivos, o el Monte Kailash en la Cordillera del Himalaya, todavía es considerado el «Trono de los Dioses» por budistas e hindúes . En nuestro entorno más próximo también podemos encontrar algunos ejemplos, como ocurre con el leonés Monte Teleno (encomendado por los indígenas al Dios Tilenus y posteriormente acogido por los romanos).

«Mucho antes de que el hombre pensara en conquistar a las montañas, las montañas habían conquistado al hombre” (Daniel J. Boorstin)

Hubo que esperar hasta mediados del siglo XVIII para que el hombre orientase sus pasos decididamente a las cumbres.

El espíritu romántico que comenzaba a invadir Europa quería ver en las montañas un lugar en el que afloraban los valores más elevados del hombre, sentimiento que rápidamente se asoció con un pujante interés científico vinculado a la exploración de lo desconocido. A partir de aquel momento se empezarían a confeccionar los primeros mapas de las más importantes cordilleras y a ascender a sus principales cumbres.

En Centroeuropa uno de los precursores de este movimiento sería el naturalista y geólogo suizo Horace-Bénédict de Saussure. Sus investigaciones le llevaron a viajar hasta los Alpes, a la región de Chamonix, donde en 1760 hizo la oferta de una suculenta recompensa al primero que encontrase un camino para llegar a la cima del Mont Blanc y medir su altura. Con todo y con eso, el primer ascenso a esta mítica cumbre de 4.810 metros, máxima altura de la antigua Europa, no se conseguiría hasta 26 años después. La hazaña corrió a cargo del cristalero Jacques Balmat y de Michel Gabriel Paccard, un devoto de las ciencias naturales. Quedaba así inaugurada una nueva época de la exploración de las montañas que marcaba el origen del alpinismo.

Todavía nadie entendía bien estas excentricidades. Por esos terrenos tan alejados e inhóspitos  hasta entonces solamente se aventuraban los pastores para asegurar su sustento, lo que les habría llevado a ser los primeros en conquistar la mayoría de las cumbres más accesibles de su entorno más próximo. En la mayoría de los casos lo hacían con sus rebaños, aunque esporádicamente también acompañando a personajes de alcurnia y poderío que aprovechaban sus conocimiento del terreno para practicar la caza en estos lugares. Sin embargo, a partir de este momento cartógrafos,  geólogos y biólogos empezarían a adentrarse en las montañas, con sus pantalones bombachos y sombreros, cargados de teodolitos y otras herramientas científicas, que la gente del lugar no alcanzaba a entender.

LA CORDILLERA CANTÁBRICA.

 En España uno de los pioneros en adentrarse en las montañas en nombre de la ciencia fue el ingeniero germano-español Guillermo Schulz, que en los primeros años del siglo XIX recorrió  los Picos de Europa, sacando a la luz en 1833 el primer mapa topográfico de una parte de esa Cordillera

No tardaron en llegar las primeras «expediciones» a la Cordillera Cantábrica. Tenemos referencias  de que el ingeniero de minas y geólogo Casiano de Prado recorrió muchas montañas de la zona, gracias a su trabajo en una empresa que explotaba los yacimientos de carbón de Sabero. En 1853 se adentró en los Picos de Europa, ascendiendo a la Torre de Salinas, en la que fue la primera ascensión documentada a estas cumbres. En los años siguientes visitaría muchas otras montañas en el límite entre las provincias de Palencia, alcanzando cumbres de gran entidad para la época, como el Pico Espigüete, para volver de nuevo a Picos en 1856. Esta vez su propósito era ascender a la  cumbre del Llambrión, que por aquel entonces se tenía como la más alta de todo el macizo. Desde la misma cumbre hizo las pertinentes mediciones y pudo comprobar su error,  al advertir que por encima de ellos se encontraba la cima del Torre Cerredo, con dos metros más de elevación sobre el nivel del mar.

Tras unos años sin actividad documentada en la cordillera, en 1890 entraría en escena otro personaje interesante: el Conde de Saind Saud, un aristócrata francés que se enamoró de estas montañas desarrollando en su seno una interesante actividad, acompañado de sus compatriotas Paul Labrouche y Francois Bernat. Los componentes de este grupo, siempre acompañado por pastores de los pueblos vecinos, que eran los únicos que se habían adentrado en alguna ocasión por estas zonas, fueron los primeros en dejar constancia de haber alcanzado algunas de las más altas cumbres como la Morra de Lechugales, Peña Vieja , Torrecerredo o la Peña Santa.

A pesar de la intensa actividad en estas montañas en estos años, había una montaña que había quedado en la retina de todos, pero que la consideran absolutamente inexpugnable: el  Naranjo de Bulnes, conocido por los lugareños como el Pico Urriellu. No es ni mucho menos la más alta, pero sí la más espectacular por sus verticales paredes. Don Pedro Pidal, marqués de Villaviciosa, otro enamorado de estas montañas se marcó el arriesgado objetivo de alcanzar su cumbre, haciendo de ello no solo un reto personal, sino también patriótico, sobre todo ante el interés de otros alpinistas extranjeros por intentar su conquista «¿Donde quedarían nuestro orgullo nacional si lo consiguieran?. Cargado de ese regeneracionismo patriótico, de alguna experiencia en las artes de la escalada tras un breve viaje a Chamonix, de una cuerda de alpinismo adquirida en Londres y con la inestimable compañía del pastor local Gregorio Pérez «el Cainejo», se adentró por la pared norte de la mole caliza el 4 de agosto de 1904. Ambos afrontaron una escalada de gran dificultad para los medios y conocimientos de la época, pero finalmente culminaron con éxito su arriesgada empresa alcanzando la preciada cima y marcando con ello el punto de inicio del alpinismo en la Península Ibérica

LA SIERRA DE GREDOS

El resto de sierras de nuestra geografía tampoco fueron ajenas a ese fenómeno.  Así , más al sur, en la sierra de Gredos la primera «expedición» está documentada en 1834, a cargo del toledano Gregorio Aznar, cruzando el Galayar para llevar a cabo unos estudios geológicos.

Manuel González de Amezúa le tomaría el relevo a partir 1898, accediendo en esta ocasión desde la vertiente norte en un época en la que para llegar desde Ávila hasta Hoyos del Espino ya se empleaban dos largas jornadas. En el año siguiente regresaría al  Circo de Gredos para ascender a la cumbre del Almanzor junto a José Ibrán -aunque parece que la cumbre ya habría sido ascendida previamente por el cazador Antolín Blázquez-. La mayor parte de los cuchillares del Circo fueron conquistados por Amezúa y sus compañeros en los años siguientes. Sin embargo habría que esperar a la tercera década del siglo XX para que se lograra ascender a las agujas con más exigencia técnica (Tres Hermanitos o El Torreón de Galayos), correspondiendo el mérito a Teógenes Díaz, un gran escalador que ya en 1931 había subido la cumbre del Naranjo de Bulnes.

GUADARRAMA

Las montañas de la Sierra de Guadarrama, a pesar de no contar con las verticales e inexpugnables paredes de Picos de Europa o de Gredos, fueron las primeras en recibir las «expediciones» de aquellos primeros alpinistas de camisa de  franela y chaqueta de paño. Estas cumbres ya habían sido recorridas por Casiano de Prado antes de adentrarse en los Picos de Europa, junto a otros colegas del Museo de Ciencias Naturales y de la Real Sociedad de Historia Natural. Sin embargo, su aspecto más amable y su  proximidad respecto de la Capital de España hicieron que el montañismo alcanzara en esta zona un alto nivel de popularidad en muy poco tiempo.  Entidades como la Institución Libre de Enseñanza, en su objetivo de formar hombres nuevos con un profundo sentido ético y una nueva escala de valores, apostaba por el contacto del hombre con la naturaleza y la montaña. Vinculada a la misma, en 1886, se fundaba en Madrid la Sociedad para el estudio del Guadarrama y unos años más tarde la Sociedad Militar de Excursiones (1900).

Junto  a estos dos grupos, por las mismas fechas aparecen por la sierra un grupo de jóvenes alemanes residentes en Madrid que comienzan a acudir con asiduidad a estas montañas para practicar deporte en naturaleza, encabezados por Carlos Coppel y Fernando Ganter. Eran unos auténticos adelantados a su época que realizaban sus excursiones «por puro sport», siendo ellos los que nos dejaron las primeras imágenes de esquiadores  deslizándose por las laderas nevadas  de Guadarrama con aquellos interminables esquís de madera.

En invierno de 1903, Don Manuel González de Amezúa, decidió también probar el esquí y le gustó tanto que ese mismo año junto a 19 amigos  decidieron construir una pequeña cabaña, el Twenty Club, para practicar el esquí por las pendientes del Ventorrillo. Los miembros de ese grupo fundarían en 1906 el Club Alpino Español para divulgar la práctica del alpinismo y el esquí en la sierra del Guadarrama, club que en poco más de seis años ya contaba con más de seiscientos socios.

Por esa época, en 1913, también se creó la «Sociedad Peñalara: los doce amigos», adoptando el nombre de la cumbre más elevada del Guadarrama y el número de sus integrantes: Doce profesionales universitarios amantes de la naturaleza, atraídos por el descubrimiento de la montaña y del incipiente deporte entonces llamado “alpinismo».  En palabras de uno de sus más insignes miembros, Bernaldo de Quirós “Peñalara pretende lo que en un solo individuo sería vaga megalomanía, a saber: unir, para el sentimiento de la montaña, la ciencia de los sabios con la fantasía de los poetas y la energía de los hombres de acción”. Rebautizo el club unos años más tarde como Real Sociedad Española de Alpinismo Peñalara.

Tarde o temprano las edades heroicas de la exploración de las montañas acabarán, como las de la exploración de la llanura,  y el recuerdo de los trepadores famosos se convertirá en leyenda«.

Geógrafos, geólogos, botánicos, naturalistas, exploradores, humanistas, deportistas, … personas inquietas de mente y cuerpo que escribieron las primeras páginas del montañismo en el centro peninsular. El geógrafo francés Jacques Élisée Reclus  escribió en esa misma época que «Tarde o temprano las edades heroicas de la exploración de las montañas acabarán, como las de la exploración de la llanura,  y el recuerdo de los trepadores famosos se convertirá en leyenda«.  Ellos tuvieron el mérito y el reconocimiento por ser los primeros en abrir los caminos y las rutas, pero además hemos de darles las gracias por haber sembrado esa semilla que germinó en los corazones de todos los que vemos en las montañas un  escenario para disfrutar, para marcarnos nuevos objetivos, retos y aventuras, a escalar, a correr, o simplemente  a pasear.

En definitiva a disfrutar del aire puro y de los amplios horizontes desde las cimas, conscientes de que el sentimiento que las montañas nos transmiten contiene, en muchas ocasiones, una dosis adicional de oxígeno para sentirnos vivos.

 

 

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