14 octubre, 2014 Comentarios (0) Bitacora

Una vida en vertical

Dosmiles Castilla y León

El límite siempre lo ha marcado su ilusión. La montaña no es el fin, sino el medio. Darle la espalda sería como ponerle esquinas al mar. Tan imposible como innecesario. Siete años y medio paseando por las nubes con el infinito como horizonte. Una vida en vertical. Su reto, partió del corazón. Detrás de la piel habitan sentimientos y emociones. Raíces profundas que sujetan y alimentan la vida, como las cumbres, como los 430 ‘dosmiles’ ascendidos por Eloy Santín y Nacho Sáez. Dos castellanos y leoneses de generaciones distintas abrochados por una pasión, tocar el cielo desde el punto más alto. Y la Comunidad es tan ancha como quebrada, tan llana como cercana a las estrellas. Con más de 1.200 kilómetros lineales de montaña, engaña y enamora. Sin distinciones.

Todo empezó en 2007. El escenario lo dibujó Babia. El reto, no podía ser de otra manera, nació en las entrañas de Peña Ubiña (León). El guión tuvo diálogo de ida. «Solemos quedar allí porque es el punto más cercano para los dos. Desde la cumbre de Peña Ubiña la vista alcanza Picos de Europa, San Isidro…, entonces le comenté que además de ver todas esas cumbres, había que subirlas», recuerda el burgalés afincado en Valladolid, Nacho Sáez. «No me pude negar, porque ya lo había hecho meses antes diciéndole que no, a ascender todos los ‘dosmiles’ de Palencia», reconoce el leonés Santín. «No nos pusimos ningún límite temporal», fue una de las primeras condiciones. El reto germinó en dos almas parejas con un nexo de unión. Si Santín desde pequeño siempre quiso alcanzar el Agro de Muñón (Ponferrrada), una loma jalonada por castaños, Sáez se crió en Villarcayo, a las faldas de la sierra de la Tesla y de las primeras estribaciones de la Cordillera Cantábrica.

Mapa genético con un punto concéntrico en su historia, Peñas Malas (Palencia). «Allí nos conocimos. Allí empezó todo», recuerdan a la limón. «Somos parte de la montaña», continúa Santín que mira de soslayo buscando el eco de su compañero y amigo. «Simplemente atendemos a nuestras ilusiones», reflexiona Sáez.Siete años y medio más tarde, o lo que es lo mismo, 429 ‘dosmiles’ después, el reto culminó en el Espigüete, el pasado 22 de septiembre. Hollaban la cumbre 430.

Un trayecto con más de 1.500 horas de actividad y 2.500 kilómetros acumulados en sus botas de montaña. «Hubo jornadas maratonianas, como la que hicimos en la montaña Palentina. Fueron 18 horas sin parar. Hicimos catorce cumbres», puntualiza Santín, alguien que ha mirado el mundo por encima de los 8.000 metros, desde la zona somital del Cho Oyu (8.021 metros).También recuerdan los 800 kilómetros que tuvieron que recorrer los dos castellanos y leoneses para hacer cumbre en Cabeza Herrera, en plena Sierra de la Demanda (Soria). «Nos llevó poco más de una hora, pero la paliza que nos dimos en coche para llegar allí fue considerable», apunta el berciano Santín que revela la letra pequeña de este hito. «Si sumamos todos los kilómetros que hemos hecho conduciendo, daríamos tres veces y media la vuelta a la tierra. Son 80 días sentados al volante», señala.

Hoja de ruta. Aunque el latigazo del tiempo dejaba, a veces, cicatrices, siempre tuvieron claro que no podían volverse esclavos del reloj. «Queríamos disfrutar este proyecto, saborearlo», por eso, inciden, «ésa fue una de las primeras condiciones que nos pusimos». Su libro de ruta tenía más exigencias. «Las ascensiones las teníamos que hacer juntos y con el contador puesto a cero», continúan. «Nada de lo hecho o subido hasta ese momento valía». Además, para que el ‘dosmil’ tuviera validez, debía alcanzar un desnivel superior a los treinta metros desde collado.

La Cordillera Cantábrica al norte, meciendo los Picos de Europa, el Sistema Central, al sur, con las Sierra de Guadarrama y Gredos, hasta las estribaciones de la serranía de Béjar; las líneas esbeltas que dibujan los Montes de León y de Zamora -en el extremo noroeste-, o la Sierra de la Demanda y el Sistema Ibérico -en la parte más oriental de la Comunidad-, Neila, Urbión, Cebollera y Moncayo, dando la mano al Sistema Ibérico y muriendo en la Sierra de Ayllón, han sido el escenario en el que se ha desarrollado su aventura y que se recoge en su página web www.dosmilescastillayleon.com.

Protagonismo de carne y hueso, pero también con corazón de piedra. Las verticales paredes que dan nombre a Torre Santa (León) y El Torreón de Galayos (Ávila), ambas de ascensión de aliento contenido, daban paso a rutas amables que desembocaban en San Millán (Burgos), Calvitero (Salamanca) o Peña Trevinca (Zamora). Los picos Lobo (Segovia) y Urbión (Soria) permitían deslizarse por la nieve de sus laderas, mientras que accedieron a las laderas del coloso Curavacas (Palencia) en bicicleta de montaña, otro de los medios de locomoción utilizados por Sáez y Santín.

Una aventura con tres hijos. El primero de ellos un inventario, fruto de un trabajo minucioso de delimitación y catalogación de las cumbres ascendidas durante todos estos años. Los frutos, las cerca de 700 cumbres que superan la cota propuesta como reto, si bien son, aproximadamente, 430 las que sobrepasan los 30 metros de desnivel desde el collado.

Inventarios, libros… Inventario y también homenaje literario a las cumbres y apasionados de este deporte en la Comunidad. ‘Montañas de Castilla y León’ es el volumen que ellos coordinan y en el que participan buena parte de los mejores alpinistas de Castilla y León y que analizan, en primera persona, las montañas más representativas de la región.

Pero es el programa ‘Tocando el cielo’ el que les pellizca el corazón. Se trata de una iniciativa de integración social que llevó a un grupo de personas con discapacidad a coronar la montaña más alta de cada una de las nueve provincias. «Ha sido lo más gratificante de toda esta historia por todo lo que hemos aprendido de ellos», aclara Santín. «Pasamos mucho miedo en el San Millán (Burgos), porque el tiempo no acompañaba», continúa el experimentado montañero leonés, para transmitir como esa carga de responsabilidad mutaba en satisfacción cuando regresaban después de hollar cada cima. «Tienen un capacidad de sacrificio y un afán de superación que te deja alucinado. Son el vivo ejemplo de que con ilusión consigues lo que te propones y las únicas barreras están en nuestra cabeza», matiza un Nacho Sáez con brillo en ojos y corazón. «Ellos son los que tienen mérito», concluye Santín.Y es que, a la montaña, se la respeta. Es más, se la teme igual que se la quiere. Una máxima que acompaña al berciano durante su vida en vertical. «Quien no tenga miedo, no viene conmigo a la montaña». Tajante. «El miedo lo tiene una persona inteligente, razonable y que sabe dónde está», continúa. «Siempre hay que estar en guardia. La cumbre se consigue cuando vuelves al campamento base», zanja.

De ahí, que el binomio Santín-Sáez sea perfecto. El uno es para el otro el siguiente paso, que siempre es el más complicado en montaña. «Es mi complemento perfecto», reconoce Santín que asimila la complicidad entre ambos como parte de ese sabor especial que deja este deporte. «Para mí la montaña son muchas cosas y una de ellas es él», continúa. «No necesito hablar con Eloy para saber lo que está pensando», apunta Sáez que tira de curriculum para hacer tangible su respeto y confianza hacia el alpinista leonés. «Era un niño y él había subido por la cara oeste del Naranjo de Bulnes. Tiene una experiencia y un conocimiento de la montaña increíble», continúa Sáez, al que interrumpe, de nuevo Santín para subrayar «la suerte de tener un compañero con el que encuentras el equilibrio».

«¿Ahora qué? Pues ahora, a seguir disfrutando. Nos pusimos un reto, como era el de subir las montañas de más de 2.000 metros que era absolutamente peregrino, absurdo y aleatorio… Se trataba de buscar una motivación», puntualiza Nacho Sáez, que tiene en su cabeza mil ascensiones inéditas que coronará con Eloy Santín.

Este reto termina, pero la historia continúa. La excusa seguirá siendo la montaña, vehículo que cose ilusiones de cuerpos diferentes.

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